COMO CADA AÑO, VA DE NUEZ

Por Enrique de J. Rodríguez Escudero

Dudo mucho que exista un tema más recurrente y que además genere tanta polémica en esta época del año como “La Feria de Tlaltenango”; acá en la Ciudad de la Eterna Primavera se ha visto, según lo confirman cronista e historiadores, la instalación de dicha feria, desde hace ya 299 años.

Revisar este fenómeno requiere, como casi todo análisis que se precie de tener cierta objetividad, derivará de un minucioso estudio de las diferentes dimensiones por las que atraviesa el evento; en este caso, podríamos establecer que la feria parte de la premisa en primera instancia de la tradición, lo cual toca a su vez, dos vertientes: lo religioso, la fecha marca la celebración del día de la Virgen de los Milagros; y lo social, de alguna manera implícito ya que se vincula con la fe, la devoción y en consecuencia con la identidad católica de esa comunidad en particular dentro de aquella zona.

Con el paso de los años, la feria además ha adquirido una otra dimensión no menos importante y que hoy por hoy, resulta fundamental: la económica. La derrama económica que la feria representa para todas las partes involucradas, iglesia, comerciantes y claro a la Ayudantía Municipal, quizás sea, uno de los factores que más inquieta a quienes observamos el fenómeno desde fuera. Sin embargo, no podemos perder de vista que, un Estado que ha sido sistemáticamente ineficiente en la atención puntual de las condiciones económicas de sus habitantes, sea permisivo y sobradamente tolerante, en tanto que la feria funciona como una válvula que le libera mucha presión no sólo esta materia.

Hasta aquí, podríamos establecer que no existe a primera vista, incompatibilidad entre esas tres dimensiones, la tradición, que apela a la memoria, al sentido de pertenencia y claro a la identidad del barrio; esto a su vez, refuerza los nexos identitarios y sociales de la comunidad que allí habita y que, además, durante ese periodo se ve beneficiada por el intercambio comercial de todos y cada uno de los productos que ahí se ofrecen. Gente de todo el Estado e incluso de otros, convergen en este lugar y durante los días que dura la feria, activan la economía local.

Ahora bien, pese a cumplir y atender cabalmente con las dimensiones que hasta ahora se han descrito y que reitero, no son discordantes, la Feria tiene hoy que revisarse también desde una nueva dimensión, una que, muy seguramente no era relevante durante los años de origen e incluso muchos años después; la cívica, la de los derechos humanos alentados, defendidos y claramente regulados por las sociedades democráticas. Es acá donde la Feria se enfrenta a la más dura prueba de aceptación.

A lo largo de casi trescientos años, nadie, absolutamente nadie, ni organizadores, ni autoridades municipales, se dio a la tarea de llevar a cabo los ajustes necesarios para lograr adaptar la instalación de la feria de manera que los intereses hoy, una inmensa mayoría, no se vieran seriamente afectados. El crecimiento desordenado, caótico y claramente carcomido por la corrupción de la Ciudad de Cuernavaca, nunca previo tampoco, de qué manera, su infraestructura podría adecuarse para solventar los muchos inconvenientes que hoy, representa la feria.

Y entonces el enfrentamiento es claro, qué pesa más, trescientos años de tradición o el derecho al libre tránsito que constitucionalmente tenemos todos los mexicanos. Personalmente considero que ni lo uno, ni lo otro y que más bien lo que ocurre es que estamos enfrentados como consecuencia de la incompetencia de las autoridades y de los organizadores, que repito, en trescientos años no han logrado crear los mecanismos técnico-administrativos temporales que coadyuven, por un lado a que la feria se siga celebrando y por el otro, para que quienes vivimos en la zona y/o transitan diariamente por ahí, puedan hacerlo sin mayores contratiempos.

Una movilización ridícula e inservible de agentes de tránsito, “vías alternas” con superficies de rodamiento en pésimas condiciones, un parque vehicular cada año más abultado y la negligencia de los habitantes de la ciudad, hacen de los diez días que dura la feria, un verdadero tormento y un homenaje a la incompetencia y la falta absoluta de civilidad.

Hay otra arista, muy sensible por cierto, que me parece pertinente apuntar y que tiene que ver con el derecho al ocio y que debemos tener, todos los habitantes de una ciudad. Ese espacio indiscutiblemente necesario en el que la sociedad aprovecha para distraer y liberar la tensión del día a día. Ese espacio que por cierto debería, a fin de ser auténticamente democrático, gratuito y que está claramente desdibujado en Cuernavaca, que es además, una ciudad repleta de centros comerciales, difícilmente dirigidos a la atención de quienes suelen visitar la Feria de Tlaltenango.

Lo anterior me lleva a concluir, que lastimosamente, hay muchas más cosas de fondo en el fenómeno que es la Feria de Tlaltenango; que no solo atenta contra el derecho de libre tránsito de los miles de “cochistas” que por ahí circulan, sino que encima, se trata de un espacio que no cumple con las expectativas socio-económicas de un sector de la población, que es en mayor medida, del que salen las más severas críticas al respecto. Un sector que discrimina desde el privilegio que es el automóvil a aquellos que, durante diez días gozan de un espacio de esparcimiento para ellos y sus familias.

Comentarios y sugerencias

erodriguez@360atlr.com.mx

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