¡Guayabazos! Zapata en el corazón del pueblo…

Por: Carlos Francisco Caltenco Serrano

Me tomé la libertad de fusilarme el título del libro de mi querido amigo Plutarco Emilio García Jiménez, que tuve el honor de recibirlo como obsequio hace casi dos años. En él, Plutarco Emilio hace un recuento de la memoria de la dignidad zapatista, su herencia política plasmada en el Plan de Ayala y como ésta se ha mantenido en diversas luchas, como la del EZLN, la de la CNPA, los Movimientos Campesinos más recientes como el Campo No Aguanta Más e incluso, cómo éste espíritu, que por ejemplo el Sub Comandante Marcos le llamaba Votán Zapata, se arraigó hasta en movimientos internacionales como la Vía Campesina.

Hoy se cumplen 140 años del natalicio del Caudillo del Sur, Comandante en Jefe del Ejército Libertador del Sur, Don Emiliano Zapata Salazar, hombre recio e intransigente en la defensa de sus principios. Justo es hacer un alto para revisar de manera muy simple y sintética, cuál es el estado de su ideario plasmado en el Plan de Ayala. Como obviamente ni el gobierno federal ni el estatal harán nada el día de hoy, a pesar de ser éste 2019 el Año de Emiliano Zapata, aprovecharemos este reducido espacio para intentar hacer una síntesis de lo logrado y lo que está pendiente. Ya Juan Rulfo en su Llano en Llamas, particularmente en Nos han dado la tierra, reflejaba crudamente la realidad en que el Estado Mexicano post revolucionario, intentó hacer realidad el programa político del zapatismo. Era 1950.

El principal anhelo de Emiliano Zapata era que los campesinos, que antes de la Revolución Mexicana no poseían tierras, sino que dejaban literalmente su vida en las haciendas cuyos dueños, apenas entregaban un poco de alimento para que subsistieran bajo el tristemente conocido mecanismo de las tiendas de raya pudieran ser dueños de la tierra. Quienes labraban y extraían de ésta los alimentos, terminaban pagando mucho más por el producto de la misma, fuera maíz o frijol. Así su deuda con el patrón era heredada y sus hijos terminaban repitiendo la misma historia. Cuando Zapata en el Jardín Borda observa a Madero rodeado de los hacendados, se da perfecta cuenta que Madero había traicionado a la Revolución. Así surge el Plan de Ayala cuyo programa se sintetiza en establecer la propiedad social de la tierra a través de los ejidos y reconocer a las comunidades, muchas de ellas originarias, como las legítimas tenedoras. Ojo, en ambos casos en colectividad, a través de un reparto agrario que no era más que la asignación de una parcela a cada campesino para producir sus alimentos. La decisión sobre la misma dependería de la Asamblea Ejidal o Comunal, es decir, la propiedad de la tierra se pensaba social, pero su usufructo era privado. Si bien el reparto agrario surgió en la vía de los hechos en 1912, la realidad es que fue durante el periodo de Lázaro Cárdenas que se dio el mayor reparto de tierras. Por fin la tierra era para quien la trabaja con sus propias manos… bueno en realidad no. Las políticas públicas no se orientaron a preparar a los campesinos para ser autosuficientes. En su lugar se diseñaron programas de apoyo clientelar que sumieron al Campo Mexicano en el atraso y la pobreza. Tampoco se diseñó un programa nacional para explotar la tierra de acuerdo a su vocación. Entonces, aquellas tierras ricas en minerales de todo tipo, desde materiales para construcción, hasta oro y plata, quedaron improductivas porque el campesino no tenía acceso a la técnica de explotación ni a la maquinaria ni al capital.

Durante el sexenio de Carlos Salinas, en plena era de Reformas Neoliberales, se modificó la Constitución para que la propiedad social pudiera hacerse privada. A la fecha el fracaso fue absoluto. De 31 mil ejidos y comunidades en el país, poco más de 6 mil han pasado a ésta modalidad, ¡en casi 30 años! Pero el último ataque artero a la propiedad social fue el proceso implementado por las administraciones de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto que abrieron los terrenos que tenían vocación minera para ser concesionados a empresas mineras en su mayoría extranjeras a cambio literales migajas para los núcleos agrarios.

Ahora existe una generación longeva de ejidatarios y comuneros, que no pudieron heredar el amor a la tierra a sus siguientes generaciones. Sin duda el espíritu de Zapata sigue vivo a pesar de esto. La lucha de las comunidades del Oriente de Morelos que rechazan la termoeléctrica de Huesca es ejemplo de ello. El Programa plasmado en el Plan de Ayala sigue vigente y tan cierto es, que países como Francia y Alemania han impulsado recientemente nuevas Reformas Agrarias porque un país puede vivir sin casi todo, menos alimentos, energía y agua.  En un futuro cercano, cuando la escases de agua y alimentos nos obligue a voltear al campo otra vez, el espíritu de Emiliano Zapata cabalgará de nuevo, más fuerte y quizá más violento.

 

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