Y la autoridad, sigue sin entender…

Por Enrique de J. Rodríguez Escudero

Para Paul Virilio, el filósofo autodidacta, urbanista y arquitecto francés, – fallecido por cierto a penas en septiembre del año pasado -, el progreso tiene un vínculo muy importante con nuestro culto a la velocidad, pero además asegura, que la velocidad tiene un reverso oscuro y catastrófico.

Para no entrar en mayores detalles filosóficos, solo diré que cualquiera de nosotros, que haya estado en una metrópoli, puede entender a lo que se refiere Virilio. La velocidad a la que suceden las grandes ciudades es simplemente alucinante, pero cuidado, lo que es verdaderamente sorprendente, es que las ciudades se han diseñado históricamente para la velocidad.

De esta manera, el andador peatonal, mutara hacia lo que hoy entendemos como calle y que muy pronto evolucionaría para ser convertida en avenida y luego, algunas de estas se transformarían en las famosos vía rápidas o “free ways” como le llaman en el vecino país del norte.

Evidentemente, en este proceso de “desarrollo” el ciudadano menos importante para quienes diseñan la ciudad, es el que no tiene automóvil, y aunque se cuenta en la mayoría de los casos con el sistema de transporte colectivo, la ciudad no es amigable con el peatón durante los procesos de interconexión.

Banquetas en mal estado, muy angostas, sin árboles, con pavimentos peligrosos o si cuentan con medidas ideales, infestadas de ambulantes. Como quiera que sea, los peatones mexicanos nos hemos ido adaptando a la hostilidad de la ciudad, sin embargo, de entre todos esos obstáculos con los que nos topamos, aquellos que caminamos por las calles de la ciudad, existe uno en particular al que nos hemos revelado es “el paso peatonal”.

Vamos a ver, el vehículo pesado más alto que circula en la ciudad, tiene una “caja” que puede alcanzar una altura de hasta 4.50 metros, eso significa que, si se quisiera colocar un puente para conectar los extremos de la avenida, este tendría que tener esos 4.50 metros más los centímetros que ocupara la estructura que soportará aquella mole; vamos a vernos muy conservadores y supongamos que logramos cubrir el claro con una estructura que mida 0.80 metros. La altura de ese puente será de 5.30 metros.

De acuerdo con los estudios de la antropometría (ciencia que se encarga de medir las partes del cuerpo y su interacción con todos los objetos que nos rodean), el peralte máximo para una escalera, para que ésta resulte cómoda lo mismo para un niño, que para un adulto o un anciano debe oscilar entre los 16 y los 18 cm, volvamos a vernos muy conservadores y dejemos el peralte en 17 cm. Eso significa que aquel peatón que decida subir por aquella escalera del paso peatonal, tendrá que subir 31 escalones. Por otro lado, existe una norma que establece que, no puede haber una escalera que tenga más de 11 peraltes sin un descanso, por lo tanto, esta escalera además, deberá tener por lo menos un descanso. Este proceso incluye una subida y una bajada.

Es evidente que el peatón se ha revelado ante tal disparate urbano, encima de caminar lo que se que tenga que caminar para lograr la interconexión, ¿debo subir y luego bajar 62 escalones? No, la respuesta histórica es que no, que los peatones no usan los puentes peatonales.

De este hecho como consecuencia de la aparición de conceptos como “accesibilidad universal” y “ciudades incluyentes”, ya se han dado cuenta en muchos países del mundo e incluso en nuestra atropellada y muy conflictiva Ciudad de México, de la inviabilidad de los puentes peatonales, sobre todo para un sector de la población a la que le resulta materialmente imposible enfrentarse a esos escalones: personas de la tercera edad, minusválidos, mujeres embarazadas y un largo etcétera.

Así las cosas, ha comenzado pues un proceso maravilloso en el que, atentando contra la velocidad de los autos, se pondera la naturaleza del peatón y aquellos puentes están siendo sustituidos por pasos conocidos como “reductores de velocidad”, que se construyen a ras de banqueta y que facilitan el flujo peatonal.

Y habría que señalar que no solo se trata de facilitarle la vida a los peatones, sino a las mismas autoridades, que no tienen que gastar en la construcción de esos armatostes, que obligan a construir unas grandes zapatas de cimentación y luego a mantener en buen estado el acero de sus estructuras; sin mencionar que muchos se utilizan para sostener anuncios espectaculares que son claramente contaminación visual.

La mala noticia es que alguien tendría que poder avisarles de todo este asunto, a las autoridades del Municipio de Jiutepec, que anunciaron con bombo y platillo la “sustitución” del puente peatonal en Tlahuapan. Desafortunadamente no lo van a sustituir por un reductor de velocidad que por cierto, no le vendría nada mal a ese Paseo Cuauhnahuac, se trata nada más ni nada menos que de otro puente, sí, de esos que priorizan la velocidad de los automóviles pero que marginan a buena parte de los peatones de la zona. Ni hablar, ya le decía yo al principio que nuestras autoridades, siguen sin entender.

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