Zapata, ¿vive? – Jesús Zavaleta Castro

Hemos vivido engañados. Ni Zapata vive, ni su lucha sigue. Y no puede ser de otra manera porque no hay continuidad en la lucha zapatista. Antes y después del anenecuilquense han existido múltiples movimientos sociales buscando la reivindicación de derechos diversos. Zapata y su ideario han sido un asidero fácil para quienes quieren otorgar un rostro de legitimidad a su movimiento, lo cual es, muchas veces, ocioso.

Los herederos, consanguíneos o ideológicos, de Emiliano Zapata Salazar, lo utilizan con fines nobles o aviesos, según sea el caso. Ni el jaramillismo morelense ni el neozapatismo chiapaneco son consecuencia lógica del zapatismo morelense: el oportunismo político ha sido la divisa de estas y otras expresiones de “lucha social” que buscan avalarla con la imagen de un Zapata inamovible, inexpresivo, inalcanzable, inhumano.

Si bien existen movimientos sociales que encuentran en Zapata el referente moral para dar sentido y rumbo a su lucha, son pocos en número. Y la gran mayoría de quienes recurren a Zapata como bandera, lo hacen con plena ignorancia de su legado. Ni “Tierra y libertad” ni “La tierra volverá a quien la trabaje con sus manos” son lemas zapatistas, sino resultado del oportunismo ideológico de Diego Rivera al diseñar el escudo del estado de Morelos.

Los descendientes de Zapata, legítimos o no, verdaderos o no, vivieron del lucro político en los gobiernos del régimen postrevolucionario, ocupando cargos de elección o beneficios del corporativismo gubernamental. Los descendientes actuales, pelean reconocimiento, escenarios y lucimiento en el aniversario luctuoso del suriano. Uno de ellos llegó al cínico exceso de hacer suya la marca registrada del nombre de su ascendiente.

Zapata ha sido útil a los gobiernos y a los adversarios de los gobiernos. Y, en el caso de las corrientes políticas, cada cual se ha apropiado de su imagen como mejor ha convenido a sus intereses. Para los anarquistas ha sido negro; para los comunistas, rojo; para los priístas, verde; para los panistas, azul; para los perredistas, amarillo; para los morenistas, marrón; para los neozapatistas, con pasamontañas; para los punk, con peinado de picos.

Incluso Zapata ha servido para que el mundo académico coseche reconocimientos y puntos como profesores e investigadores que se traducen en beneficios económicos. Zapata ha sido útil para publicar libros, realizar congresos, organizar coloquios, ofrecer conferencias. Hay historiadores y cronistas que se refieren a Zapata como si hubiesen convivido con él, presumen saber qué comía, qué tomaba o qué leía.

De Zapata se ha construido una imagen falsa, exagerada, mentirosa. Zapata no era un campesino sino un clasemediero rural; era arriero y cultivaba sus tierras; conocía muy bien el territorio suriano y asistía a las principales fiestas patronales. Particularmente, veneraba al Señor del Pueblo, en Cuautla, y al Padre Jesús, en Tlaltizapán. Su lema inicial, plasmado en el Plan de Ayala, fue “Justicia y ley” y, después, “Reforma, libertad, justicia y ley”.

El 8 de agosto conmemoramos al Emiliano Zapata Salazar que cada uno ha inventado a partir del desconocimiento del personaje, a partir de las mentiras intencionales o no que los intereses de algunos generan. Por ello, es necesario bajar al individuo de su pedestal, quitarle su naturaleza de bronce y regresarle su naturaleza humana. Sólo así podremos dimensionarlo no como un predestinado, sino como un hombre que vivió su tiempo y su circunstancia.

 

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