Detrás de la Ciencia – Trabajadores de la salud, ¿cuidarlos o sacrificarlos?

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Dr. Iván Martínez Duncker

Salvar vidas, incluso una sola, es uno de los honores más grandes que hay en la vida. Esto, histórica y culturalmente, ha encontrado su crisol en la práctica profesional de los médicos, pero innumerables ejemplos nos hacen reconocer hoy (no siempre ha sido así) que ese honor y, en muchas ocasiones el sacrificio personal que le acompaña es realizado no solo por médicos, sino también por otros trabajadores de la salud: enfermeras, nutriólogos, psicólogos, paramédicos, laboratoristas, administradores, etc.

Para los trabajadores de la salud, la finalidad de su práctica está enfocada en servir a la vida humana, una finalidad excepcionalmente demandante, que los lleva a enfrentar vigorosamente la muerte, el dolor y las dificultades que se presentan para lograr la curación de sus pacientes. Esta responsabilidad no es ligera y origina mucho estrés, particularmente para los médicos en quienes recae la máxima responsabilidad de esta tarea, pues es retada por circunstancias personales y cotidianas, y aún más por crisis sanitarias que revelan abruptamente las profundas grietas en los sistemas de salud, abismos por los que se deslizan hacia la muerte, tanto pacientes como trabajadores de la salud.

La mayor parte de la sociedad desconoce la intimidad de los hospitales, lo bueno y lo malo. Es una realidad alejada del romanticismo que a muchos nos alimentó para iniciar una carrera en las ciencias de la salud. A los pocos días de conocer las entrañas de un hospital se sabe uno en una trinchera, donde debes cuidarte del fuego enemigo y también del amigo, pero sin perder de vista la misión de servir a la vida de los pacientes. Es una realidad donde los médicos son seres humanos, no entes infalibles, donde la tecnología escasea y no siempre resuelve, donde los procesos administrativos obstaculizan el salvar vidas y el enfrentarlos es una condena. Es una realidad que se oculta de la mirada del paciente, quien desconoce todas las circunstancias que definen las probabilidades de salvar su vida y bienestar.

Junto con las fiscalías, los hospitales son uno de los espacios públicos más alejados de lo público, herméticos y abrigados por una cultura paternalista que sigue construyendo un modelo de relación médico-paciente donde al paciente se le subyuga a la “autoridad” médica y a rendirse con un “me pongo en sus manos”. Aunque esta cultura se ha ido diluyendo con los años, aún persiste, sobre todo en sus cúpulas administrativas, lo cual ha evitado que se inserte una mayor observancia ciudadana de lo que ahí ocurre. Esto ha limitado construir una mayor responsabilidad compartida entre la ciudadanía y los trabajadores de la salud para asegurar que las condiciones operativas de una institución sean las adecuadas para cumplir con la misión de salvar vidas. Hay insuficientes contrapesos frente a la simulación de una atención de calidad, frente al sobrellevar el dolor para ahorrar dinero o la indignidad de un servicio público que rinde pleitesía a la ideología o riqueza personal de los políticos en turno.

Hoy la ciudadanía no cuenta con un reporte fidedigno sobre la situación que guardan los espacios públicos dedicados a salvar la vida. Por una parte, tenemos gobiernos que tienden a crear realidades alternas, por otra parte, los trabajadores de la salud en el sector público que son quienes conocen mejor y sufren de las circunstancias, no pueden manifestarse libremente ya que corren el riesgo de perder su trabajo o ser castigados. A ello se suma una ciudadanía que exige, pero que no participa y que egoístamente evade su corresponsabilidad.

La pandemia COVID19 ha revelado estas y muchas otras deficiencias que ya pesaban sobre al sistema de salud, particularmente a nivel de las instituciones públicas estatales. Así, puedo decirles con absoluta certeza que el principal defecto del sistema de salud no es la calidad de sus profesionales en la primera línea de la batalla, lo que más causa dolor y muerte son quienes administran esa monstruosa abstracción llamada Sistema de Salud. Es a causa de su deficiente labor, causada por incompetencia o porque no se puede hacer de otra forma, que hoy tenemos instituciones públicas de salud igual de deficientes, no solo por cuestión de insuficientes insumos y equipamiento, sino también por procesos administrativos que parecen estar perversamente diseñados para extender el dolor y acercar a la muerte, bajo una falsa premisa de economía de la salud. Sumemos a ello que el sector salud es la caja chica de los gobiernos, donde las licitaciones son una mina de oro para las mafias corruptoras de empresarios abusivos, avispados políticos y directivos cómplices. Así, la ganancia deshonesta de otros, incluyendo el personal de salud que ha traicionado su ética profesional, pasa factura no sólo a la calidad de atención sino también al bienestar y protección al que tienen derecho los trabajadores de la salud.

En estas circunstancias, el trabajador de la salud está sometido a un estrés laboral constante, muy por encima de otras profesiones, acentuado en quienes hoy atienden el COVID19. El origen es complejo y multifactorial. No contar con los equipos de protección que les eviten infectarse, enfermarse o morir, a pesar de que sus directivos y autoridades lo saben y no resuelven, condicionándolos además a mantenerse alejados de sus familias por temor a infectarlos. El cargar con un acúmulo de cansancio por turnos con cada vez menos personal. Carecer de mecanismos seguros de representación para expresar la falta de condiciones adecuadas para realizar su trabajo (los colegios profesionales y sindicatos brillan por su conveniente ausencia). Tener que lidiar con directivos ineficientes e insensibles que sirven primero a su salario que a su obligación de cumplir con su función pública.

A lo anterior, se suma algo aún más grave que va más allá de la salud personal y es el no poder atender éticamente a los pacientes por no contar con los equipos y medicamentos necesarios, causando culpa y frustración. La carga de tener que decidir quien vive y quien muere, sin acompañamiento y haciendo frente al propio dolor y reclamos de las familias. Todo esto en un ambiente laboral que paradójicamente no está diseñado para cuidar y restaurar la salud mental de sus trabajadores, que explota la tendencia del personal de salud de asumir liderazgo y permanecer fuertes ante la muerte, aunque por dentro estén quebrándose. Al final es avasallador un sistema de salud que exige resultados, pero que no provee las condiciones adecuadas para cumplir.

Así como sucede en la guerra, algunos han abandonado filas, unos dignamente por no ser cómplices, otros por temor (piden licencia por incapacidad) y otros “generales” que se refugian en sus escritorios en vez de estar cercanos a sus soldados. A ellos la historia los juzgará, pero hoy, los héroes al frente de la batalla COVID19, aunque tienen y merecen todo nuestro reconocimiento, lo que necesitan es respaldo social y un enérgico rechazo a cualquier forma de linchamiento. No podemos ser una ciudadanía marginada y que los rechaza del transporte público o les avienta cloro a ellos o a sus hijos. Ante estas circunstancias retadoras, cerremos filas, exigiendo a las autoridades, pero también construyendo desde la sociedad civil iniciativas para que:

– Cuenten con equipos de protección adecuados y todas las medidas necesarias para proteger la vida.
– Los estudiantes del área de la salud permanezcan resguardados en casa.
– Se tomen las medidas para proteger y atender su salud mental, así como la de sus familias.
– No haya impunidad para quienes violenten al personal de salud o a sus familias.
– Tengan los insumos y equipamiento necesarios para realizar una labor ética y profesional.
– Se proceda a la creación de Observatorios Ciudadanos Estatales, plurales y de honestidad comprobada, que informen públicamente sobre el estado que guarda el sector salud.

– Los colegios profesionales y sindicatos sirvan a los intereses de sus agremiados, antes que a sus intereses personales y juegos de poder.

– Se denuncie, sancione y sustituya a los directivos y autoridades en materia de salud que abandonan su puesto injustificadamente o de forma simulada.

Seamos solidarios, demos las gracias a todos aquellos trabajadores que nos cuidan, pero también hagamos lo que nos toca para que nuestras vidas no sean a costa de las suyas, ni del bienestar de sus familias. Hoy esperan de nosotros una ciudadanía comprometida, responsable y aliada.

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