El Correo Literario ; Luces en el coliseo

Por Chucho Molokai

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Al final de la función la gente se quedó afuera del coliseo, como cada fin de semana. Sonreían de oreja a oreja, con las mejillas enrojecidas; unos cuantos no podían ni hablar. Varias familias se fueron caminando rumbo a su casa. Los pequeños, excitadísimos por haber presenciado el espectáculo, no dejaban de correr y lanzar patadas; los jóvenes contaban chistes y se empujaban unos a otros. Los más viejos gritaban leperadas, sacando la frustración del pecho. Los fanáticos ocultaban su rostro con máscaras coloridas de diferentes diseños y su entusiasmo galopante volvía la calle un hormiguero.

Un hombre que había ido al evento buscó un camión. Su espera fue corta, pues un taxi le tocó el claxon y él, con un ademan y asintiendo la cabeza, tomó por suyo el servicio, abrió la puerta y se sentó en la parte de atrás.

–Buenas noches –le dijo al chofer y éste le respondió de la misma manera. Al tiempo que tomaba el volante en sus manos y pisaba el acelerador. Enseguida intercambiaron una mirada por el retrovisor.
–¿Qué tal el evento, amigo? –preguntó el taxista.
–Una gran noche.
El taxista intentó hacerle plática. Los taxistas, tan acostumbrados a contemplar las frías calles arriba del coche, por lo regular hacen eso. Le dijo que el sitio en el que lo recogió era de sus favoritos y que veía muy contenta a la gente. El hombre sonrío y dijo que era cierto.
–Un lugar de ensueño, ¿no es así?
–De verdad que sí –dijo el hombre–, he venido aquí desde mi juventud y he visto cantidad de enfrentamientos, he quedado afónico en unos y también he salido muy enojado en otros. Me encanta la lucha libre.
–Me da gusto, señor. ¿Qué hubo el día de hoy? –preguntó interesado el taxista.
–Hubo apuesta, el Canino en contra del Relámpago. Un verdadero enfrentamiento para recordar. El Relámpago perdió la máscara.
El viaje transcurría con tranquilidad. El coliseo quedaba lejos de la casa del hombre. En un semáforo se retiró la chaqueta de encima, pues la plática se había tornado interesante y el frío ya no se sentía. El taxista le preguntó si había presenciado una lucha por el campeonato, hace unos cinco años, en esa misma arena. El hombre emocionado preguntó de qué enfrentamiento hablaba.
–El del Cometa Fugaz en contra del Trocador, ¿la recuerda?
–Por supuesto. También la pasaron en la televisión. Se combatía por el campeonato universal del coliseo. Aunque el final fue realmente triste, el Cometa Fugaz le aplicó un castigo tremendo a su rival, dicen que el Trocador se rompió el cuello y perdió la vida.
–Para mí fue una de las mejores –interrumpió el taxista.
–Hay quienes aman esa lucha y hay otros que queremos olvidarla, pero sí me gustó.
–Le doy por la izquierda o si quiere puedo dar la vuelta para evitar más semáforos
–Sí, por favor. Como te sea más fácil.
–Oiga, ¿y qué fue del otro luchador, el Cometa ese? ¿Sabe?
–El Cometa Fugaz se coronó. Tuvo una temporada de grandes éxitos, casi un año como campeón invicto, fue una leyenda. Aunque después de perder el cinturón le vino una terrible racha, dicen que lo echaron por la puerta trasera del coliseo.
–¿Y la gente supo qué pasó con él?
–Se dicen muchas cosas –dijo el hombre–. Una de ellas es que el Trocador se había metido con su esposa y que el castigo que le aplicó fue una cruda venganza. También que el Cometa fugaz murió dentro del coliseo y que ahora espanta a los veladores. Y otros dicen que es un malnacido y que está preso.
–Y sus máscaras, ¿qué pasó con ellas?
–Dejaron de venderlas, al parecer sí encontraron algo misterioso con él. Es triste, lo recuerdo muy bien, el Cometa volaba por los aires, aplicaba el castigo de a caballo al cuello de sus rivales y era muy popular. Su entrada te provocaba adrenalina, muchos fuegos artificiales lo acompañaban de camino al ring… Si giras aquí ya estamos en la esquina, no sé si me puedas dejar de lado derecho.
–Claro que sí, señor, ¿de este lado? Por cierto, antes de que se vaya ¿se acuerda cómo fue?
–Sí, los comentaristas estaban excitadísimos: hoy en la catedral de la lucha libre, tendremos el enfrentamiento que pasará a la Historia. Por primera vez, el bien y el mal se verán las caras en este encordado. Presentamos al campeón universal, el rudo de rudos, el capitán del bando perverso. Un hombre traído desde el mismísimo infierno: ¡el Trocador! –dijo el hombre jugando al comentarista.
–Y ahora, se presenta en este glorioso coliseo, el retador, el ídolo del pueblo, el águila que rompe el firmamento; representando al bando de los técnicos: ¡Cometa Fugaz! –agregó el taxista.
–¡Te la sabes! A ver si te acuerdas del enfrentamiento. De referí estaba el Pablo Rompecasas, un cabrón.
–El enfrentamiento da inicio –continúo el taxista–: dos hombres experimentados inician con una excelente toma de referí, el rudo derriba al técnico, éste se incorpora de un salto; el Cometa demuestra tremenda agilidad, pero una vez más el Trocador lo derriba, la experiencia habla en este momento. El Cometa se suelta y ahora un agarre que lo lleva a las cuerdas y… ¡Toma! Tremendo lazo al cuello que le aplicó. ¡El técnico pide el apoyo del público! El rudo se levanta, toma a su contrincante y le aplica la quebradora. Ahora ruge el tramposo, pero el coliseo lo abuchea.
–¡Culero, culero, culero! –agregó el hombre.
–Y viene la mejor parte: estamos en la recta final de la lucha, ambos luchadores con las máscaras rotas, con huellas de la batalla en todo su cuerpo. El Cometa tiene un cortada cerca de le mejilla derecha, hay sangre, señoras y señores. Esto ya se volvió personal. El rudo levanta en sus hombros al técnico, esto parece ser definitivo… ¡Lo hizo, el campeonato no se irá de su cintura!, ¡viene la cuenta… uno… dos y…! Se quedó sólo en dos. ¡El público no puede creerlo!
–Para ese momento yo ya no tenía voz –dijo el hombre; el taxista siguió.
–El Cometa se desquita, lanza al rudo a las cuerdas, lo carga ahora en sus hombros, lo acomoda para el martinete, un movimiento prohibido en la lucha libre. Lo va a hacer, ¡sí lo hizo! El cuello del rival quedó enterrado en la lona. Viene la cuenta… uno, dos y tres. ¡Amigos, tenemos un nuevo campeón! El ídolo del pueblo ahora es campeón de este sagrado lugar. ¡El coliseo de pie! La cuenta, la cuenta marcó tres. Vamos con el aviso oficial: ¡el ganador y nuevo campeón universal, el técnico: ¡Cometa Fugaz!
–Te la supiste de pies a cabeza. ¡Mi padre me llevó y ambos terminamos llorando! –dijo el pasajero.
–Ya llegamos, ¿por aquí está bien?
–Sí, por aquí está bien –respondió el otro–, ¿cuánto te debo?
–Son doscientos pesos.
–¿Ya es lo menos?
–¡En ciento ochenta te lo dejo!, para que salga el día de hoy –insistió el taxista.
–Está bien. Oye, muchas gracias por la plática. Fue ameno el viaje –le dijo el hombre, tomando su chaqueta y abriendo la puerta.
–¡Gracias a ti! Eres un gran fanático –le contestó el otro.
–Tú igual.
–Soy más que eso, créeme –dijo el taxista.
–Sí, se nota que también sabes mucho.
–¡Espera! Me caíste muy bien. No acostumbro a hacer esto, pero ten –de la guantera sacó una máscara del Cometa Fugaz y se la entregó al hombre.
–¿De dónde la sacaste? Ya no hay de esas.
–Por ahí –le dijo el taxista sarcástico–, ¿te la firmo?
–No me asustes –el hombre le contestó, incómodo–. Muchas gracias por el servicio y buenas noches.
El taxista hizo un gesto con la mano para despedirse y se retiró la gorra que traía puesta. El hombre sorprendido, le alcanzó a ver una cicatriz en la mejilla derecha… Sorprendido, se quedó unos minutos en la banqueta, no dejaba de sonreír. Más tarde, cuando sintió frío, guardó el obsequio en su bolsillo y se metió a su casa.

Chucho Molokai (1996, Chilpancingo, Guerrero) es egresado de la licenciatura en teatro del Centro Morelense de las Artes; ha participado en diversos proyectos artísticos, está interesado por la escritura, la música y la pedagogía. Ha colaborado en puestas en escena con compañías de Morelos y Guerrero, y en cortometrajes independientes con The Acting Box. Integrante del taller de escritura creativa del CDC Los Chocolates. Actualmente, se desempeña como docente de enseñanzas artísticas (teatro) y es miembro de Mounstro Producciones, compañía de títeres.