“El Palacio Negro” la columna de Arquitectura por Enrique Rodríguez

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Por: Enrique Rodríguez Escudero.

Usted sabe qué tienen en común, Juan Gabriel,  David Alfaro Siqueiros, José Revueltas y Pancho Villa ¿no? Pues ellos fueron entre otros, algunos de los personajes del s. XX que estuvieron presos en algún momento y por distintas causas en el  Palacio de Lecumberri.

Enclavado en el corazón de la Ciudad de México en la zona que hoy ocupa la Delegación Venustiano Carranza, comenzó su construcción a solicitud del entonces Presidente de la República Don Porfirio Díaz el 9 de mayo de 1886. Inaugurado el 29 de septiembre de 1900 funcionó como penitenciaría hasta mayo 1976, cuando derivado de la sobrepoblación, los excesos y la corrupción tuvo que ser clausurado.

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El proyecto original es obra del prolífico y muy afamado arquitecto alavés, Don Lorenzo de la Hidalga autor entre otras obras de la famosa “Plaza del Volador” que fuera demolida para liberar el terreno sobre el cual hoy se encuentra el edificio Sede de la Suprema  Corte de Justicia de la Nación, fue el autor también del proyecto y la obra para el “Teatro Nacional” originalmente llamado Teatro Santa Anna y que lamentablemente también fuera demolido para abrir la continuación de la calle Cinco de Mayo.

En el año de 1850 como consecuencia del gran prestigio adquirido y de un número muy importante de nombramientos internacionales, le es encomendado el proyecto para la construcción de una cárcel en la Ciudad de México. De acuerdo con los datos que presenta Elisa García Barragán en su artículo titulado “El arquitecto Lorenzo de la Hidalga” y publicado por el Instituto de investigaciones estéticas de la U.N.A.M. derivado de un profundo análisis que incluyó la revisión de los métodos más modernos para la edificación de cárceles de la época, Lorenzo de la Hidalgo entregó una serie de láminas y un minucioso programa al que titularía “Paralelo de las penitenciarías”. En él concluía sobre las bondades del sistema circular, siempre y cuando se aplicara como principio para resolver una cárcel pequeña, no más de 100 celdas.

La cárcel no  se construyó pero el proyecto funcionaria como punto de partida e inspiración para quien finalmente lo desarrollaría años más tarde, el ingeniero Antonio Torres Torrija.

“La cuchilla de San Lázaro” propiedad de un español apellidado Lecumberri fue el sitio exacto en el que se construyó. De estilo ecléctico y por supuesto afrancesado su carácter penitenciario quedó reforzado por el uso de elementos como torreones, aspilleras y almenas; elementos todos extraídos del típico castillo medieval. Habrá que recordar que el castillo además de ser la casa del rey debía representar una fortaleza a la que era poco menos que imposible penetrar. En Lecumberri no queda duda al respecto y para comprobarlo ahí están sus muros con más de 40 metros de altura.

En arquitectura le llamamos “partido” al principio ordenador de una idea, lo que la organiza y le permite a ésta ser funcional a partir de las necesidades que marca el programa; para el arquitecto Vladimir Kaspé, extraordinario representante del funcionalismo mexicano, el partido arquitectónico debía poder cumplir con tres características fundamentales: claridad, honestidad y sencillez. Todas claramente detectables en el edificio que nos ocupa.

El ingeniero Torrija quien – como ya mencioné – fuera finalmente el encargo de la obra, sintetiza de manera extraordinaria la propuesta de Don Lorenzo de la Hidalga y nos regala a través de un gran partido, un edificio que cumple cabalmente con su función básica: “vigilar” lo que hay dentro. El carácter lúgubre que le imprimen la sobriedad de sus fachadas y la tensión que se genera entre la torre central y los brazos que contiene las celdas (crujías), refuerzan el sentido de aislamiento y aún hoy el edifico impone por ser justo y muy parco. Es un edificio oscuro y silencioso, pero diáfano en su solución.

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Más allá de las atrocidades que ocurrieron al interior, el edificio cumplió cabalmente con su cometido mientras no fueron rebasados los niveles de capacidad para los cuales fue diseñado, originalmente 860 celdas de 3.60 metros de largo por 2.10 metros de ancho, tenía excusado y lavabo cada una. Para el año de 1971 la prisión contaba una población aproximada de 3800 presos.

Fue durante los últimos días del sexenio del Presidente Luis Echeverría que se ordenó su clausura, se abrieron nuevos y más modernos reclusorios y tras casi ochenta años de funcionamiento el Palacio de Lecumberri fue finalmente desalojado en 1976.

Carlos Monsiváis en Los Mil y un Velorios define a Lecumberri: “A lo largo del siglo 20 en las galeras del ‘santuario del crimen’ actúan, se pelean, negocian y se matan los seres-sin-nada-que-perder (…) Lecumberri es lo prohibido, la vecindad sin salidas, la continuación de lo mismo entre las rejas”.

Inmediatamente después del desalojo, comenzó la demolición. Nadie parecía desear otra cosa. Sin embargo, apareció un grupo de historiadores y arquitectos que decidió defender el edificio.

–Las piedras no son culpables de los crímenes –dijo el historiador Eduardo Blanquel en su defensa.

Y luego de una larga batalla que escaló hasta la oficina del presidente, Luis Echeverría, se decidió a conservarlo.

–Detesto Lecumberri, pero si ustedes que saben dicen que hay que conservarlo, conservémoslo –les dijo el Presidente.

Así se le encontró al edificio un nuevo uso y el 27 de agosto de 1982, después de cinco años de remodelaciones, se inauguró allí el Archivo General de la Nación.

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Resulta extraordinariamente curioso que aquel edificio que otrora albergara a los más temidos criminales y que fuera escenario de los más terribles actos de violencia y crueldad humana, hoy custodie entre sus muros nuestros documentos más importantes, aquellos pues que le dan sentido a la Nación.

El viejo Palacio Negro hoy, es una muestra irrefutable de la arquitectura de reciclaje, y no deja dudas al respecto de las enormes posibilidades de reutilización que existen en algunos objetos que por su calidad pero sobre todo por su dignidad arquitectónica deben permanecer erguidos en el espacio más allá de su tiempo.