“¡En la Torre!” la columna del Arquitecto Enrique Rodríguez

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Por: Enrique Rodríguez Escudero.

Desde la mítica Torre de Babel la humanidad ha estado vinculada con la construcción de edificios que logren acercarla al cielo; la torre es el edificio que por sus características morfológicas representa  claramente la mejor manera de dominar la vista panorámica de un territorio; y dominar, es algo que a ciertos sectores de la humanidad siempre le ha dado mucha tentación. Este efecto visual, definido por Foucault como panóptico, implica en cierta forma tener el control, quien lo ve todo controla todo. Es quizás por eso que para muchos semiólogos en la actualidad también se vincule a las torres con el poder económico y claro, con  el poder político.

Desde la construcción de las primeras torres a finales del s. XIX, conocidas también  como “rascacielos”, la carrera de las principales capitales del mundo occidental y más recientemente también las de los países del medio y lejano oriente por tener el record de mayor altura alcanzado por el hombre es francamente alucinante.

Nuestro país no es la excepción y tiene claramente una larga tradición en esta materia.

A diferencia de países como Estados Unidos, Inglaterra o los Emiratos Árabes, en nuestra tierra el desafío por construir torres no es cosa menor, la Ciudad de México y esto lo sabemos muy bien, está desplantada sobre los terrenos que ocupara hace ya algunos siglos, el Gran Lago de Texcoco, a esta característica lacustre habrá que agregarle la ubicación geográfica de nuestro país, que justo está atravesado por un accidente geológico que nos ubica como un lugar en el que los sismos ocurren con mucha frecuencia.

A pesar de estos inconvenientes, nuestros rascacielos han sabido comportarse a la altura de las circunstancias y de manera por demás estoica; en el 85, la capital del país sufrió uno de los peores embates propinados por un movimiento de las placas tectónicas a nuestro subsuelo. La Torre Latinoamericana, famosa por su sistema de cimentación a base de pilotes de control, vio desplomarse frente a ella edificios de menor altura y considerablemente más jóvenes.

Después de la Latino del gran Augusto H. Álvarez, aparecieron el otrora Hotel de México hoy plenamente identificado como el World Trade Center seguido años más tarde por la Torre de Pemex de Pedro Moctezuma Díaz Infante y que fue por muchos años el edificio más alto de Latino América; de Juan José Díaz Infante el edificio de la Bolsa de Valores y de ahí para acá se suman a la lista de nuestras torres un buen número de titanes de concreto, acero y cristal.

El Paseo de la Reforma, famoso durante el Porfiriato por ser el sitio que ocuparan las más lujosas y bellas residencias de la burguesía mexicana de aquel entonces, hoy se caracteriza por ser el eje ordenador a lo largo del cual se desplantan muchas de las nuevas torres. Comienzan con el desfile, si caminamos del Bosque de Chapultepec hacia el Centro Histórico, la Torre Bancomer, un claro ejemplo de lo nuevo más feo que habrá, enfrente está la ya clásica Torre Mayor y justo a un lado de ésta última se encuentra la recientemente inaugurada Torre Reforma.

Desde el punto de vista estrictamente arquitectónico debo decir que lo que me irrita profundamente de las torres de nuestro país es la repetición aburrida y sin mayor mérito que el estructural, de un sin fin de pisos que se van superponiendo hasta alcanzar un final, que no un remate y que las más de las veces está simplemente coronado por un helipuerto; casi todas las torres que hay en Reforma obedecen a este patrón. Son simplonas, larguiruchas y sin carácter; insisto sin otro atributo que no sea el de su altura. No es el caso de la Torre Reforma.

Diseñada por el arquitecto mexicano Benjamín Romano, egresado de la Universidad Iberoamericana, la Torre Reforma se distingue muy fácilmente del resto de sus compañeras por ser geométricamente diferente. A simple vista, el ojo del espectador es engañado por un paño que claramente comienza sobre el Paseo de la Reforma pero que conforme se va elevando se desplaza sutilmente hacia el Bosque de Chapultepec. La Torre no solo se eleva, sino que, como buena Torre se adelgaza y esto contribuye positivamente para enfatizar su condición de verticalidad.

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Dos grandes muros en escuadra, resueltos en concreto armado aparente se entierran en el subsuelo hasta una profundidad de 60 metros por debajo de la línea de la banqueta.  Ellos son los encargados de soportar todo el peso de la torre; de éstos a cada cuatro pisos se disparan unos tensores de acero que funcionan como los cargadores de aquel paquete integrado por los cuatro entrepisos. Mejor aún resulta que los tensores se manifiestan claramente en la fachada principal, integrándose a ella y generando en su trayectoria la interrupción de una serie de parteluces, el conjunto: tensores y parteluces nos regalan una fachada llena de movimiento, una alegoría muy armónica de metal, cristal y aluminio.

Derivado del sistema estructural, los pisos de la torre no acusan ninguna columna, es decir que cada planta es lo que conocemos como una planta libre, esto le permite a quienes diseñarán los interiores, que sus propuestas no se vean limitadas por elementos estructurales, optimizando además el flujo de la luz natural en cada nivel.

Sobre el desplante de la Torre Reforma solo diré que es un gran ejemplo de respeto por la historia reciente.  Una de las esquinas del terreno sobre el que se desplanta la torre está ocupada por una casona de los años 30, de estilo neogótico afrancesado y catalogada por el INBA; el desafío: ¿cómo levantar la torre sin dañar la preexistencia? Y la respuesta, más fácil de lo que pensamos. La casona se movió hacia el norte del terreno 18 metros.  Montada en una charola de concreto de 40 centímetros de espesor se elevó por medio de gatos hidráulicos y guiada por un sistema de rieles fue desplazada mientras se llevaron a cabo los trabajos de excavación y construcción de la cimentación, toda vez que estos trabajos estuvieron listos, la casa regresó mediante el mismo sistema a su lugar de origen. Una obra maestra de ingeniería y mano de obra mexicana. Hoy, la casona forma parte del gran vestíbulo de la torre, ahí en planta baja conviven pasado y presente en perfecta armonía.

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La Torre Reforma para los curiosos de los datos es hasta hoy, la de mayor altura en la Ciudad, con sus 254 metros y sus 35 elevadores es un gran ejemplo de que las cosas en nuestro país se puedes hacer muy bien, talento mexicano a prueba de sismos -repito-no es cosa menor.

Si usted camina sobre el Paseo de Reforma por allá por la zona de la famosa entrada de los leones de Chapultepec, dese la oportunidad de mirar con detenimiento este gran ejemplo de arquitectura gigante, diseñado y construido por mexicanos, de verdad le aseguro que vale la pena.