«Historia General de las Indias» por José Iturriaga de la Fuente

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El sacerdote, profesor de Retórica e historiador español Francisco López de Gómara (1511-¿1564?) escribió una Historia general de las Indias[1], aunque nunca cruzó el oceano. Su principal fuente de información fue el propio Hernán Cortés, a quien acompañó como capellán en la campaña de Argel de 1541 y permaneció a su lado, con el mismo carácter, hasta la muerte del conquistador acaecida en 1547. Su obra es laudatoria hacia Cortés y vio la luz en 1552. En ella se encuentran estas dos menciones a lo que hoy es el estado de Morelos, alusivas a la Conquista; ambos sucesos tuvieron lugar a la par que el largo sitio de Tenochtitlán, en 1521:

Viendo los mejicanos [aztecas] que les iba mal con los españoles, se las tenían [o sea peleaban] con los de Chalco, que era tierra muy importante, y en el camino para Tlaxcallan [Tlaxcala] y a Veracruz. Los de Chalco llamaron a los de Huexocinco [Huejotzingo] y Huacacholla [Huaquechula] para que les ayudasen, y pidieron a Cortés españoles. Él les envió trescientos, y quince caballos, con Gonzalo de Sandoval; el cual fue, y en llegando acordó de ir a Huazstepec [Oaxtepec], donde estaba la guarnición de Culúa[2] que hacía el mal. Antes de que allí llegasen les salieron al encuentro los de la guarnición, y pelearon. Mas no pudiendo resistir la furia de los caballos ni las cuchilladas, se metieron en el lugar, y los nuestros tras ellos, los cuales mataron allí dentro muchos, y a los demás vecinos les echaron fuera, que como no tenían allí mujeres ni hacienda que defender, no reparaban. Los españoles comieron, y dieron de comer a los caballos, y los [indios] amigos buscaban ropa por las casas. Estando así oyeron el ruido y gritería que tratan los contrarios por las calles y plaza del pueblo. Salieron a ellos, pelearon, y a fuerza de lanzadas los echaron otra vez fuera y los siguieron una gran legua, donde hicieron gran matanza. Dos días estuvieron allí los nuestros, y luego fueron a Acapichtlan [Yecapixtla], donde también había gente de Méjico. Les requirieron con la paz; mas ellos, como estaban en lugar alto y fuerte, y malo para los caballos, no escucharon; antes bien tiraban piedras y saetas, amenazando a los de Chalco. Los indios, nuestros amigos, aunque eran muchos, no se atrevían a acometer. Los españoles arremetieron nombrando a Santiago, subieron al lugar y lo tomaron, por más fuerte y defendido que fue. Es verdad que quedaron muchos de ellos heridos de piedras y varas. Entraron tras ellos los de Chalco y sus aliados, e hicieron grandísima carnicería de los de Culúa y vecinos. Otros muchos se despeñaron a un río que pasa por allí. En fin, pocos escaparon de la muerte; y así, fue señalada victoria ésta de Acapichtlan. Los nuestros padecieron en este día mucha sed, del calor y trabajo de la pelea, como porque aquel río estaba teñido de sangre, y no pudieron beber de él en un buen espacio de tiempo, y no había otra agua. Sandoval se volvió a Tezcuco [Texcoco], y los otros cada uno a su casa […][3]

Observemos, en el párrafo anterior, cómo los vecinos de Yecapixtla, entonces aliados de los aztecas, no quisieron rendirse ante los españoles y los combatieron con piedras y flechas, aunque ello les costó ser víctimas de una “carnicería”.

Vinieron al campamento de Cortés los de Coahunauac [Cuernavaca], que hacía ya muchos días que eran sus amigos, a decirle: que los de Malinalco y Cuixco les hacían la guerra, y les destruían los panes y frutas, y le amenazaban a él para después que los hubiesen a ellos vencido; por tanto, que les diese alguna ayuda de españoles. Cortés, aunque tenía más necesidad de ser socorrido que de socorrer, les prometió españoles, tanto por no perder crédito, cuando por la instancia con que los pedían; lo cual contradijeron algunos españoles, a quienes no les parecía bien sacar gente del ejército [en pleno sitio de Tenochtitlán]. Les dio ochenta peones españoles, diez de a caballo, y por capitán a Andrés de Tapia, a quien encargó mucho la guerra y la brevedad. Le dio diez días de plazo para ir y venir. Andrés de Tapia fue allá, se juntó con los de Coahunauac, halló los enemigos en una aldea cerca de Malinalco, peleó con ellos en campo raso, los desbarató y los siguió hasta la ciudad, que es un pueblo grande, abundante de agua, y asentado en un cerro muy alto, donde los caballos no podían subir. Taló lo llano, y se volvió. Hizo tanto fruto esta salida, que liberó a los amigos y atemorizó a los enemigos, que habían tomado alas pensando que iban muy de caída los españoles. Al segundo día que Andrés de Tapia llegó de Coahunauac vinieron dieciséis mensajeros de lengua otomitlh, quejándose de los señores de la provincia de Matalcinco, sus vecinos, que les hacían cruda guerra y que les habían destruido la tierra, quemado un lugar y llevado a la gente; y que venían hacia Méjico con el propósito de pelear con los españoles, para que saliesen entonces los [sitiados] de la ciudad y los matasen o echasen del cerco; y que preparase pronto el remedio, porque no estaba de allí más que a doce leguas, y eran muchos.[4]

[1] Se refiere a las llamadas Indias Occidentales o sea a América.

[2] Desde su arribo a Veracruz, los españoles identificaron a Culúa (o Ulúa) con los aztecas y así siguieron llamándoles durante la Conquista.

[3] López de Gómara, Francisco, Historia general de las Indias, España, Orbis, 1985, p. 184.

[4] Ídem., p. 204.

CRÉDITO:

José N. Iturriaga, «Otros cien forasteros en Morelos», Secretaría de Cultura del Estado, 2015.