En la tierra del Chinelo presenta «Entre peras y manzanas»

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Entre peras y manzanas

Por: «Quirón»

Los últimos acontecimientos en nuestra entidad parecen salidos de una novela de Jorge Ibargüengoitia. Lo digo por la broma oscura que implica el hecho de que comunicadoras como Denise Maerker presenten la “noticia” de que en Cuernavaca se contrató a un candidato, a un futbolista muy popular, a quien se le pagó siete millones de pesos por sonreírle a las damas, firmar autógrafos y ser carismático. Esa supuesta revelación, con contrato de por medio y entrevistas a los Yáñez, no nos sorprende.

Antes y durante las elecciones, se sabía que Cuauhtémoc Blanco representaba un papel como cualquier otro actor del teatro Blanquita, sólo que el escenario, aterradoramente real, se llama Cuernavaca. Y cómo son las cosas que el futbolista ganó y, condenado a seguir en su personaje, ahora con un sueldo que deviene del erario, ostenta un bajo perfil que le favorece que en tiempos convulsos.

Ni en las épocas de Carrillo Olea, cuando su pésima relación con Ernesto Zedillo facilitó que el Gobernador fuera depuesto; ni cuando Graco marchaba junto a todo aquel en contra de la cúpula política; ni cuando el secuestro comenzó a ser una marca registrada en Morelos, habíamos tenido el “gusto” de ver en televisión nacional, una contienda mal llamada debate entre quien administra este “infierno”, como asegura Alejandro Vera, y un Gobernador que  presume de ser demócrata y que se autodestapa, que afirma que quiere ser Presidente.

Por si fuera poco, un poeta notable, de gran solvencia moral en México, pero ya poco en esta tierra, un activista con sombrero de Indiana Jones, denuncia amenazas de muerte en contra de su persona. Ataviado con un chaleco antibalas azul oscuro, aparece en los medios locales y no en otros callan el hecho. Repito, esto parece una novela de Ibargüengoitia, donde un personaje inteligente y dueño de gran discurso, bautiza las quejas de un rector, que no niega que hay denuncias por desfalco en la UAEM, como “Alejandroaventuras”.  Tal denostación surte el efecto contrario, provoca risas, pero coloca al agresor de traje costoso en una esquina poco creíble en ese pugilato donde el réferi, un niño que invita a despertarnos, toma evidentemente partido. El débil, que enseña fotos de fosas, que titubea, que no muestra dominio mediático, no responde a los fáciles puños, muy contestables, del que con gafas modernas, sigue dando gato por liebre.

Entonces, se vuelve necesaria otra vez la frase de Denise Maerker, cuando según ella denuncia la suciedad electoral en nuestro estado: “Ni a quién irle”. Y no porque hay cola que pisar en todos los bandos que se digan, aún sin quererlo, políticos. No porque cada quien jala violentamente agua a su molino, porque rascarnos con nuestras propias uñas nos ha llevado a ser el show de las noticias nacionales. Una entidad polarizada, incómoda, disminuida, cada vez más pobre, más sucia, más saqueada, más herida, más en venta, es lo que tenemos. Y no hay para dónde, el laberinto de estos meses nos señala que, gane quien gane, no hay salida para los morelenses.

El debate se pudo ganar con las dos manos en la cintura.  Bastaba con que Alejandro Vera le preguntara a Graco, ¿qué es más importante, los dineros de una universidad o una vida  segura, que respete los derechos humanos?, ¿qué intención produce más sospecha, la de querer ser Gobernador de Morelos o Presidente de México?, ¿qué alianzas están más envenenadas, las que se pactaron con la Iglesia, los transportistas o con Peña Nieto?, ¿infraestructura o justicia?,  ¿en qué términos?, ¿qué aventuras se traga la gente más fácil, la de un perseguido que es acusado de ladrón o la de un dirigente que se victimiza y que es acusado, qué raro, también de robar?

Lo trágico es que  las respuestas no se pueden dar desde una voz realmente confiable. Nadie sigue con los ojos cerrados a ninguna persona. Ya ni en Cuauhtémoc Blanco se cree más allá de la simpatía que el alcalde-actor-futbolista produce. Entre las peras y las manzanas, igualmente podridas, sobrevive Morelos. Ibargüengoitia estaría encantado leyendo lo que ocurre por aquí.