UNA NOVIA DECIDIDA Y UNA MADRE SABIA Y VALIENTE, LE SALVAN LA VIDA.

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Por Nicanor Pérez Reynoso.

Daniel cursaba el Tercer grado en una  Secundaria del Municipio de Jiutepec Morelos, sus padres lo habían guiado por el sendero del bien, pero la adolescencia es la época de la rebeldía, del rompimiento de normas establecidas, del estar sobrado de entusiasmo y energía; Daniel discutía a menudo con su padre, quien, con poca paciencia para escucharlo y al ver frustrado su intento de corregirlo, en varias ocasiones amenazó con correrlo del hogar; su madre por su parte, con amor y cariño, siempre reforzaba los valores y principios que le había  inculcado desde niño; Daniel era un bien portado en lo general, pero su etapa adolescente a veces lo ponía en situaciones de riesgo; sus desencuentros con sus compañeros y familiares procuraba sobrellevarlos a través de  su noviazgo con Casandra, una alumna de segundo grado que compartía esa primera experiencia del amor adolescente; era como su ángel de la guarda.

Daniel cultivó amistad con Andrés, un compañero de grupo que poseía un carácter fraterno y pacífico; el único defecto de Andrés, ser hijo de un vendedor de estupefacientes; quien dominaba la zona apoyado por otras gentes; los amigos compartían juegos, deportes, comida y trabajos escolares; Andrés, en sus charlas frecuentes, relataba a Daniel, algunas actividades a las que se dedicaba su padre, le compartía algunas fotos de los autos y las armas que le eran tan familiares, despertando la admiración del adolescente anhelante de aventuras y emociones fuertes.

La madre de Daniel, algunas ocasiones visitaba la escuela para saber el aprovechamiento de su hijo, estaba consciente de los riesgos y desafíos que su hijo enfrentaba en su desarrollo físico, emocional e intelectual y se mantenía en alerta máxima. Tenía dos hijos más pequeños, y al sentarse a la mesa, en la comida y cena, charlaba con ellos, y ello le permitía estar al tanto de sus experiencias personales y sus avances y tropiezas escolares.

Como es común en la Secundaria, cuando aún no sabemos dominar impulsos y emociones, se dan las riñas y las discusiones; Andrés, quien había sido agredido en repetidas ocasiones en el salón de clases y esta vez enfrentó al agresor,  fue retado por otro alumno de mayor estatura y peso, para una pelea al término de las clases, fuera de las instalaciones escolares; Daniel consciente del carácter pacífico y fraterno de su amigo, le recomendó pasar por alto la bufonada y marcharse a su casa como si nada.

Lo acompañó a la salida y apenas habían avanzado una cuadra cuando tres compañeros los encararon disque para cobrar la afrenta. Intentaron disuadirlos sin éxito, uno de ellos empezó a golpear a Andrés mientras otro lo insultaba y distraía, Daniel no soportó el abuso y entró en defensa de su amigo, el golpeador no esperaba que alguien de su tamaño se le enfrentara y optó, junto con sus dos acompañantes, alejarse de la escena, algunos padres de familia se acercaban presurosos para alejar a los rijosos. La novia de Daniel, junto con otra amiga les dieron alcance, les preguntaron si estaban heridos y les entregaron algunos útiles escolares que habían caído de sus mochilas en el lugar de la breve pelea; ellos, un tanto alterados aún, manifestaron que no había pasado nada y que el asunto era una cuenta ya saldada. Los amigos se despidieron y cada quien tomó rumbo a su casa.

Fue al tercer día de este acontecimiento, cuando ni el agresor ni el agredido habían asistido; y aunque para los adolescentes había pasado al anecdotario; a las afueras de la escuela se presentó el padre de Andrés, el temido sicario; acompañado de una docena de escoltas; tocó la puerta de la entrada y bajo amenaza obligó a la prefecta a que sacara del salón al alumno Daniel, (creyendo que él había golpeado a su hijo) o de lo contrario ingresaría con sus hombres al plante y dispararía contra todo el salón.

No teniendo otra opción la prefecta comunicó a la docente que impartía la clase, le permitiera la salida a Daniel, éste, sin inmutarse, pese al inminente peligro, acompañó a la salida a la prefecta; desde otro salón Casandra se percató de la salida de su novio y del nerviosismo de la prefecta, ni tarda ni perezosa pidió permiso y alcanzó a su novio cuando este enfrentaba a los rufianes; Casandra explicó al papá de Andrés que Daniel no lo había golpeado sino defendido; y que el compañero agresor había sido suspendido  temporalmente del plantel.

El sicario agradeció la oportuna aclaración, reconoció la valentía de Daniel y como agradecimiento, le ofreció trabajo y un buen salario. Daniel retornó a casa, sintiéndose en la nubes, alguien al fin había reconocido públicamente que era un superhéroe; sin embargo, esa noche en la cena no compartió con su madre el suceso, para evitar las alteraciones propias de tan extraordinario acontecimiento; esta vez se metió a la cama pasada la media noche, sin disminuir un ápice su satisfacción y contento. Daniel trabajaba los fines de semana de mesero, y el ingreso le permitía además de contribuir en los gastos familiares, comprarse ropa y pagar entradas al cine cuando invitaba a su novia y comprarle algunos regalos. Pero también empezó a probar la bebida.

Una semana más tarde, el papá de Daniel tuvo una fuerte discusión con éste y nuevamente le reiteró el ultimátum: o se ponía las pilas y mejoraba su comportamiento o se buscaba un departamento, porque en casa ya no sería bienvenido.  Daniel habló con su amigo Andrés y le pidió preguntara a su padre si seguía en pie el ofrecimiento del trabajo; Andrés llamó a su padre y le pasó el teléfono a Daniel, la conversación fue fluida y de confirmación; no sólo tendría trabajo de inmediato, sino también un buen sueldo y una casa a su disposición.

Era viernes, Daniel llegó a su casa con un semblante decidido; su madre lo invitó a cenar pero él no se dio por aludido; ella se había enterado a través de la novia, de lo que había sucedido en la escuela y de las intenciones de su hijo de abandonar el hogar; por supuesto que no estaba dispuesta a permitir que su hijo, inmaduro y sin fortaleza de alas, se echara a volar. Fue a su cuarto, donde Daniel descolgaba su ropa y junto con sus útiles escolares, los guardaba en dos mochilas abiertas; la madre preguntó cuál era la intención, el joven respondió que había conseguido un mejor trabajo y una casa habitación; además en reiteradas ocasiones con su padre había tenido fuertes discusiones y la única alternativa que ahora tenía, era salir de esa casa donde a cada rato lo corrían; la madre lo escuchaba angustiada, intentó persuadirlo de que no lo hiciera, pero Daniel parecía enloquecido, y empezó a comportarse de manera irracional y fiera; apartó a su madre de la puerta de su cuarto y avanzó hacía la salida; entonces su madre corrió a la reja, le impidió el paso y mirándolo a los ojos, le gritó decidida: hijo, sabes cuánto te amo, lamento los pleitos con tu padre, pero él también te ama y a su manera trata de corregirte; no estás aún en edad para independizarte, cuándo la tengas yo seré la primera en apoyarte; sé que te han ofrecido trabajo y una casa para vivir, pero quien te lo ofrece anda en malos pasos, no quiero recoger tu cuerpo acribillado a balazos; si tu sales de esta casa, me iré corriendo con la policía a denunciar al sicario; no importa que maten a toda la familia, te ruego regreses a tu cuarto y nos evites un lamentable escenario.

Daniel había heredado de su madre, ese carácter valiente y decidido; sabía que no decía mentiras y todo lo dicho lo cumpliría.  Tranquilizó su alterado temperamento, y retornó con sus cosas al departamento. Su madre suspiró aliviada y acompañó a su hijo y lloraron juntos, se abrazaron, fortalecieron sus lazos de unidad y se quedaron platicando hasta la madrugada. Con novias y madres así, la Humanidad siempre será bienaventurada.

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