La columna de Lungo García con Poesía incluida

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Cuando uno emigra a otro país de manera voluntaria, como fue mi caso, llega con muchas expectativas y un cúmulo de esperanza, por lo que va a encontrar, por la idiosincrasia del pueblo, por su historia, por lo cultural y tantas cosas más que sería largo enumerar. Hago la salvedad del que emigra voluntariamente diferenciándose del que lo hace obligado por cuestiones económicas o, lo que es peor, por razones de persecuciones políticas que lo hacen prisionero de esa decisión al no tener otra alternativa que adaptarse a como dé lugar.

Hecha esta salvedad continúo. Mi curiosidad primera era ver cómo me, adaptaba en el devenir  cotidiano con el pueblo, con la gente, como me recibirían, que trato me darían y la verdad que fue muy agradable experiencia ya que me dieron un trato magnífico y al poco tiempo ya me sentía adaptado en ese aspecto.

Lo que si les debo confesar es algo curioso y que no había tenido en cuenta y era el “anonimato”…el que no me conociera nadie. Y digo esto porque de donde yo venía era de una ciudad, mi Córdoba querida, bastante grande y por mis largos años en esto de andar en las noches de bohemia y en diversos espectáculos, era bastante conocido razón por la cual al caminar por el centro no era extraño que recibiera el saludo de gente que no conocía pero me habían visto en tal o cual lugar. Esto se volvió costumbre y lo tomaba de la mejor manera y como un aporte a mi ego.

Pero resulta que al llegar a Oaxtepec nadie me pelaba, como no podía ser de otra manera y eso me movió el tapete un poquito. Hasta que un día fui a Cuautla a comprar papel para imprimir la carátula o portada de mi primer CD y entro a una papelería, me atiende una señora muy amablemente y le doy mi pedido, me dice que sí, como no… y se me queda mirando fijo y me dice:- ¿Ud. no es el señor que declama en el restaurant de Oaxtepec? ¡No quieran saber la alegría enorme que me dio esa señora y se lo hice saber agradeciéndole, por supuesto.  Una pequeña anécdota de como un hecho tan simple puede alegrarle la vida a alguien tan ávido de reconocimiento y afecto como yo en ese entonces.

Y son los afectos, las personas queridas, la familia y amigos que uno trae en su mochila y rondan permanentemente por la memoria las que te cargan de nostalgia y hacen añorar los pagos de tu pertenencia.

Así andaba yo en esos primeros tiempos y estando trabajando en Tlayacapan, un hermosos y pintoresco pueblito que me recordaba a otro de mi tierra, veía esconderse el sol tras los cerros y me producía una enorme melancolía y tristeza y se me dio por trasladar al papel esa enorme carga emotiva que les dejo a continuación con la esperanza que sea de su agrado.

ATARDECER EN TLAYACAPAN

Cae la tarde en Tlayacapan, en el rumbo a Xochimilco,

El sol ya desplegó su paleta de hermosos colores

 Las sombras lentamente van cubriendo los cerros.

A lo lejos un gallo con su canto saluda al día que se va.

Hay una paz infinita y profunda y un silencio que duele,

Como me duele la ausencia y la inmensa distancia.

La angustia me aprisiona el pecho y reclama una lágrima

Que se me quedó en la garganta.

Y otros atardeceres vienen a poblar mi memoria,

Atardeceres distintos pero iguales en colorido.

Allá septiembre va cubriendo el suelo de esmeralda

Y muy pronto el aire se poblará con el olor a menta, a peperina y albahaca

Y a la fragancia dulzona de la flor del paraíso.

Y entonces pienso en mis amigos y su lucha cotidiana:

¡Qué será de la vida del Pato Manzoni en Cosquín…!

¡En qué socavón de voces y guitarras andará mi compadre Sergio Videla…!

Tal vez con Carlitos Gómez, hermano de madrugadas,

Prolongando la noche entre anécdotas y vinos

Hasta que los sorprenda el alba.

¡Qué será de mis hermanos, qué de mis hijos

 y qué de la prolongación de mi sangre que son Nahuel y Valentín, mis nietos!

Que será de tus días mujer, compañera y amiga…

Seguirán tus caricias tibias y gratas como el sol en invierno?

¿Sonará igual el cascabel de tu risa? Porque así te recuerdo amada mía,

Llegando al otoño de mi vida, compartiendo este sueño  y utopía

De apagar mí sed de caminos y paisajes.

Porque fuiste para mí mariposa en el hombro, nunca cruz en la espalda.

Porque compartiste mis alegrías y me apoyaste en los fracasos,

Porque me diste todo, todo sin pedir nada a cambio…

Por todo esto y mucho más… ¡Te quiero mujer… Te quiero!

Y a pesar de lo implacable del tiempo, mucho más te habré de querer…

Sí, te amaré para toda la vida.