Lungo García se expresa en su columna de Poesía

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“Alljpa runa kamac”, antiguo proverbio inca que dice: “El hombre es tierra que anda”….”Es paisaje que camina”, por lo tanto la tierra, la Pachamama, marca a sus habitantes de acuerdo a la región  en que viva. No será lo mismo el canto del que transita sus días en la cercanía del mar, en la inmensidad de la pampa, llanura infinita, del que vive en la región de los ríos y la selva, que el de la soledad de la cordillera de Los Andes. Por supuesto que me estoy refiriendo a mi Argentina que es lo que conozco y he vivido, claro que esto aplica para cualquier país, pues las vivencias son similares.

El hombre puede cantar y expresar sus sentires desde lo mas íntimo con esa impronta que le va marcando el paisaje. Cantarle a la soledad, al desarraigo, al amor y sus dichas y pesares, al paisaje, a sus seres queridos, a los animales que son su compañía y a la enorme cantidad de asuntos que van llenando su vida, su lucha cotidiana.

Les quiero dejar algunos ejemplos de esos cantares que considero interesantes para reflexionar .

Julio Espinosa, carpintero de oficio, de la provincia de Salta en el noroeste argentino, filosofando  en su soledad se plantea qué será de su sombra cuando muera y dice:

“A veces sigo a mi sombra / a veces viene detrás / pobrecita si me muero / con quién va a andar. /No es que se vuelque mi vino / lo derramo de intensión / mi sombra bebe y la vida es de los dos.”

Entre los animales que sirven de compañía y ayudan en la tarea del hombre de campo se puede mencionar al perro y al caballo.  Sobre el perro hay muchos y muy buenos poemas, pero en esta oportunidad me quiero referir a uno que pertenece a Osiris Rodriguez Castillo, uruguayo, y que lo tituló El Malevo. Habla de un pero cimarrón, salvaje, que encontró enfermo en el campo, lo llevó a su casa, lo curó y alimentó y el animalito, quizás por agradecimiento, se aquerenció con quien lo había cuidado y se hizo su fiel compañero, ayudando en las tareas del campo y en arreo de los borregos. Dice el poema en una de sus estrofas:

”Qué animal capacitao / pa’l trabajo en campo abierto / Había que verlo al mentao / trajinando en un rodeo / De ser cristiano, / clavao que era dotor aquel perro.¡Qué hermoso reconocimiento a la lealtad e inteligencia de su compañero…!”

Luego el poema tiene un trágico final, bastante triste por cierto, que no lo transcribimos por lo extenso.

Otro ejemplo sería el que nos deja Don Atahualpa Yupanqui cuando habla de su caballo alazán, cuyo nombre designa al pelaje de color muy parecido a la canela. Dice en un fragmento de su poema:

“Era una cinta de fuego / galopando, galopando / crin revuelta en llamarada /mi alazán te estoy nombrando ./ Oscuro lazo de niebla / te pialó junto al barranco / ¡Cómo fue que no lo viste/ qué estrella estabas buscando ¡/ En el fondo del abismo/ ni una voz para nombrarlo / solito se fue muriendo / mi caballo…mi caballo”.

Este mismo autor se refiere en otros poemas al desarraigo y la nostalgia utilizando a un árbol que le reclama al que se vá y le dice:

”El árbol que tu olvidaste / siempre se acuerda de ti / y le pregunta a la noche / si eres o no feliz / El arroyo me ha contado / que el árbol suele decir / quien se aleja junta quejas / en vez de quedarse aquí”.

Con esa misma temática se refiere al que se va y el río le reclama esa ausencia y le hace sentir su tristeza de ser río y su destino de ir, siempre ir y no poder regresar, añorando una vida más sedentaria. Le reclama de esta manera:

“Soñé que el río me hablaba / con voz de nieve cumbreña / y triste me recordaba / las cosas de mi querencia. / Tú que puedes, vuélvete / me dijo el río llorando / los cerros que tanto quieres, / me dijo, allá te esperando/ Que cosa triste es ser río / quien pudiera ser laguna / oír el silbo del junco / cuando lo besa la luna.“

He dejado estas maneras de expresarse del hombre del interior, de tierra adentro, lejos de las grandes ciudades, del que esta en contacto permanente con la naturaleza y eso lo torna más reflexivo, más pausado, tiene otro ritmo de vida y puede extasiarse con un bello amanecer o un crepúsculo lleno de colores. Puede, todavía, ver hacia lo infinito, donde se juntan  el cielo y la tierra conformando la línea que se llama horizonte.

Totalmente distinta es la vida de los habitantes de las grandes urbes, que viven a un ritmo intenso, agobiados por el tráfico y las urgencias de llegar a tiempo al trabajo, a una cita y a veces para llegar a ningún lado. No tienen la posibilidad de posar su mirada mas allá del edificio o del camión que trunca su visión. Es por eso, quizás, que cuando van al interior llevan todo ese vértigo consigo y quieren avasallar a ese habitante que tiene otra filosofía de vida, más tranquila y pausada, como dije antes. No quiero decir ni mejor ni peor, solo distinta. Hay un dicho en mi país que dice:”Dios está en todas partes ,pero tiene la oficina en Buenos Aires” y, a lo mejor, sus habitantes se lo creen  y se les sube la soberbia a la cabeza.

Esto ha sido todo por ahora. Me despido hasta la próxima semana. Reciban un afectuoso saludo.